sábado, 1 de marzo de 2008

Por qué los elefantes tienen la trompa larga


Una vez que terminamos el té en la Mansión Sapo, salimos con Julius de últimos, pues Tejón debía volver al ayuntamiento a firmar los papeles judiciales en representación de Sapo, Topo volvió a sus deberes en casa (es muy meticuloso con la limpieza), dejamos a Sapo muy cansado a punto de tomar una siesta, con lo que Julius y yo aprovechamos de partir para dar un paseo otra vez en su balsa por el río y contemplar el atardecer con sus colores.


Mientras charlábamos sentados en la balsa, con las piernas dentro del agua y sintiendo cómo se refrescaba el cuerpo con el suave vaibén del río que avanza y retrocede como siempre hace el agua en movimiento, vi a lo lejos un par de ojos que flotaban sobre el agua

-Mira Julius, dije, ese par de ojos amarillos que flotaban cerca de los juncos en la otra orilla.

-A ha!, resopló Julius, ese no es otro que Gerardo Cocodrilo, un viejo conocido de estos rumbos, debe estar en otro de sus experimentos de nado en apnea (aguantando la respiración), siempre está experimentando nuevas técnicas para mejorar su marca, la verdad es que ha competido en todas las pruebas de la comarca pero nunca ha ganado, nunca lo menciones en su presencia, es muy sensible, es un personaje encantador, algo loco (no tanto como sapo), inquieto y muy, muy paciente y laborioso en sus objetivos.


Hablando de cocodrilos, prosiguió Julius la rata de agua cambiando de tema, ¿conoces la leyenda de por qué los elefantes tienen la trompa larga?

-No, contesté.

Fue entonces que me contó esta historia que trato de reproducir tal como se cuenta en una balsa sobre el río en una tarde en The Willows:


La Leyenda del Elefante y el Cocodrilo


Hubo un tiempo lejano, cuando todo estaba recién inciándose y las cosas cambiaban y se descubrían con sus nombres en que los Elefantes, esa gran familia de los Paquidermos, no tenían la trompa como hoy la conocemos: larga y muy útil para ellos, por el contrario se rataba de una trompita corta, como tu nariz o la mía. Todo era así en el mundo, porque eran tiempos en que todo era nuevo y nada estaba completamente dicho.


Un buen día, el pequeño elefante de la manada se acercó junto a su gran familia al río grande ahí donde nacía la vida. Tenía sed, como toda su familia y quiso beber agua fresca. Su mamá elefanta le djo: "Hijo mío, no te acerques demasiado al agua pues es peligroso, apaga tu sed y vuelve de inmediato a la manada porque en el agua viven los cocodrilos y pueden intentar comerte".

-Ah!, no te preocupes mami, yo sé cuidarme solito, respondió muy propio de sí el pequeño elefante.


Ahí estaba tomando agua con su boca pegada en el agua sin cuidado y desprevenido hasta que de pronto vio emerger dos vivos ojos amarillos desde el fondo del río: un cocodrilo, quien de inmediato dijo y sin saludar (como hacían en ese tiempo los cocodrilos, como ves las cosas han cambiado mucho):

-Pequeño elefante, tu descortesía de pasar tanto rato bebiendo agua hará que alguien quiera comerte, aléjate del agua, es muuuuuuyyyyy peligroooooooosa.

-Ah!, no me importa, respondió porfiadamente el bebé paquidermo, despreciando la advertencia del cocodrilo.


Entonces y sin mediar más conversación, el anfibio abrió sus enormes fauces y atrapó la pequeña trompita del elefante que gimió de dolor.


Tiraba el elefante por zafarse, tiraba el cocodrilo por quedarse con el elefantito y ninguno cejaba en su lucha en la ribera del río. Varios minutos pasaron hasta que al final el pequeño elefante logró escapar de la bocota del anfibio.


Lloraba y lloraba el pobre paquidermo de tanto dolor en su trompita. Ay! Ay! mi trompita repetía triste el elefantito.
Apenas pudo ver entre tantas lágrimas, se dio cuenta de lo que había ocurrido y logró explicarse por qué sentía tan grande dolor: lo que antes era una pequeña trompita, no más grande que tu nariz o la mía, por culpa del forcejeo con el cocdrilo se había convertido en una trompa larga, larga, como una manguera o una cuerda.


Cuando Mamá Elefanta lo vio, exclamó y chilló, acudió presurosa hasta él, escuchó el relato del pequeño, abrazó a su hijito y luego, con estas sabias palabras, le dijo: "Pequeño mío, ahora puedes darte cuenta que mis advertencias y las del cocodrilo eran ciertas, el peligro en el agua siempre está y debes ser precavido y respetuoso cuando te acerques a ella".


Con el tiempo el pequeño elefante pudo dominar su nueva y larga trompa hasta convetirla en lo que hoy es para todos los elefantes: un magnífico brazo y una muy útil manguera. Y cada vez que se acercaba al río o a cualquier agua grande o pequeña, el elefante pedía permiso y miraba precavido recordando, con su trompa, aquel día que tanto dolor le había causado y que había cambiado su vida para siempre.


¡Impresionante historia! Julius sí que sabe contarlas no lo crees?! (la imagen es parte del Museo de Historia Completa de The Willows que pude fotografiar para ti).


Yo sigo aquí en The Willows esperándote para que vengas a pasear con nosotros y tengamos aventuras como éstas y otras más super divertidas. Todos te esperamos en verdad y quieren conocerte ¡¡¡Qué gradables tardes pasaremos juntos!!!


Besitos, te quiere,


Papá.

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